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Jamón Pata Negra: ¿regalo o soborno?
Publicado el 25-11-2009 , por Manuel del Pozo
Imagínese que estas Navidades recibe un jamón Joselito o un 5 Jotas, de esos entreveraos que se deshacen en la boca, de parte de uno de los proveedores de su empresa. ¿Lo devuelve con una nota de agradecimiento o se lo lleva a casa y les da una alegría a su mujer y a sus hijos?
¿Acaso el regalo le va a forzar a dar un trato privilegiado a ese suministrador respecto a los demás? Por supuesto que no, decimos todos, pero resulta inevitable que a partir de entonces cada vez que nos relacionemos con esa empresa proveedora nos venga a la cabeza la imagen de satisfacción de nuestros familiares en Nochebuena degustando el Pata Negra. El jamón se convierte así en una especie de publicidad subliminal.
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El regalo forma parte de nuestra cultura. Se regala por amor, por cariño, por amistad, por cortesía… o por motivos comerciales, que es cuando la línea de la ética empieza a difuminarse. ¿Se puede justificar el regalo para conseguir una venta? El 25% de 2.200 directivos de grandes empresas de 22 países europeos piensa que sí, según el European Fraud Survey 2009 de Ernst & Young.
Una cuarta parte de los ejecutivos considera aceptables los sobornos y prácticas poco éticas como arma de venta, si ello ayuda a los resultados de la empresa. Los españoles somos los más tramposos de Europa, sólo superados por Turquía y la República Checa.
Pero esto no es cosa de la agresividad de directivos sin escrúpulos, sino que el porcentaje llega al 80% cuando se pregunta al resto de empleados. En una situación de crisis como la actual, las empresas presionan al máximo a sus trabajadores para conseguir los objetivos cueste lo que cueste.
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Es la lucha por la supervivencia y ahí vale todo. Hasta que te pillan, como le ocurrió a Volkswagen, cuyos directivos conseguían la paz laboral en sus plantas de producción en base a regalar a los líderes sindicales noches de placer con prostitutas contratadas al efecto. O a Siemens, que protagonizó un gran escándalo cuando se demostró que sus ejecutivos habían pagado sobornos para conseguir la adjudicación de contratos.
A consecuencia de ello, el grupo alemán implantó un estricto código ético para sus 470.000 trabajadores en el mundo, en el que se prohíben los regalos delicatessen como el caviar, los vinos muy caros o las entradas para el teatro o el fútbol. Si alguien de Siemens le invita a usted a comer, no se le ocurra ir con pareja y, si cuando elija el vino, se decide por el de la casa, no piense que es un tacaño, es que se lo prohíbe su jefe.
El común de los mortales coincide en que se debe aplicar el sentido común a la hora de aceptar o rechazar los presentes que se reciben, y que el criterio utilizado para determinar si un regalo no debe aceptarse -porque quien lo hace podría estar esperando algo a cambio- es que sea lo socialmente aceptado o lo tradicional.
Conceptos tan etéreos como los que contempla el Código de Buen Gobierno de 2005, elaborado por el entonces ministro Jordi Sevilla, y que afecta a los altos cargos de la Administración. Ahí se dice que “se rechazará cualquier regalo, favor o servicio en condiciones ventajosas que vaya más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía”.
El límite entre un regalo aceptable y el que puede constituir delito de cohecho es muy subjetivo. Sí parece claro que son inaceptables los trajes, automóviles, bolsos, relojes o televisores de plasma que regalaba la trama corrupta de Correa.
¿Pero es un regalo de cortesía un décimo de Navidad? Puede ser que sí, aunque al ministro Corbacho le provocó más de un dolor de cabeza. Cuando era alcalde de LŽHospitalet un constructor adjudicatario de obra pública le regaló un décimo, y resulta que fue agraciado en 1995 con el segundo premio: 14 millones de las antiguas pesetas. Los tribunales no le condenaron por cohecho al considerar que regalar lotería es un hecho socialmente extendido.
Para evitar este tipo de subjetividades, hay países que aplican una política de tolerancia cero, como es el caso de Dinamarca, que es el país menos corrupto del mundo, según el índice que elabora la ONG Transparencia Internacional.
El país escandinavo sólo permite a sus funcionarios aceptar regalos de menos de 50 euros, como un libro, una botella de vino barato o una caja de dulces. Y deben comunicarlo a su superior, ya que se entiende que se reciben por razón del puesto y no a título personal.
Muchas empresas también han cortado por lo sano y prohíben todo tipo de regalos. Los confiscan cuando llegan, y luego los sortean entre los empleados o los entregan a una ONG. Ésta podría ser una solución ideal para evitar conflictos, pero hay muchos españoles que dan su dirección particular para recibir los regalos.
La corrupción socava la integridad moral de una sociedad y supone la quiebra general de los valores morales. Al final estamos ante una cuestión ética que sólo puede mejorarse a través de la educación. Ya sé que el jamón Pata Negra está riquísimo, pero para mí que eso es algo más que un regalo de cortesía.
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